La decisión de decidir

 

Vivir es una permanente decisión. Elegimos siempre, a cada rato, y esas elecciones van plasmando la vida, una vida que se desplaza por la estrecha senda que nuestras decisiones van demarcando. La más mínima alteración en una de nuestras elecciones substanciales, hubiera cambiado el curso de los hechos y por lo tanto otra sería nuestra historia.

Desde luego que muchas de esas decisiones son triviales y quizá intrascendentes; como ponerle o no azúcar al café, darnos vuelta para un lado o para el otro cuando dormimos, decir que sí, a veces, por complacencia o distracción en temas menores.

Pero en otros casos la decisión no es tan sencilla: cambiar de trabajo, emigrar, enamorarse o haber dejado de amar, aceptar las ausencias de quienes amamos, elegir un camino a partir de esas ausencias, son situaciones que nos enfrentan a decisiones plagadas de  inseguridades y temores. De todos modos debemos optar, dar una respuesta. Respuesta que no nos asegura un futuro venturoso, ya que desconocemos, como es lógico, el éxito o el fracaso que pueda corresponder a nuestra iniciativa.

Que precede a una decisión que se va tornando apremiante? Una sensación de penoso malestar, la incomodidad de tener que convivir con nuestra ambivalencia, con nuestra contradicción emocional, con un incierto futuro ( es como haber decidido entrar al quirófano, no como salir de él ).

¿ Qué ocurre realmente cuando el devenir nos enfrenta con estas incómodas sensaciones ? En general sucede que en nuestra intimidad, deseamos irnos de alguna parte o de algún vínculo que nos lastima, o ver de que modo podemos recuperar lo perdido. Sin embargo no siempre sabemos cómo hacerlo. No importa, nuestra desazón, quizá por mucho tiempo negada y postergada, justifica correr el riesgo de decidir.

¿ Por qué correr el riesgo ? Porque estamos mal dónde, cómo, o con quién estamos, porque no podemos quedar detenidos en el pasado.  Prolongar indefinidamente una decisión,  nos seguiría hundiendo en una penosa y reiterada situación que no nos otorga, por sí sola, la esperanza de un cambio. Porque malgastamos nuestras energías, que sólo se liberarán después de haber tomado una decisión, para poder usarlas en nuevos proyectos. En cuanto al duelo, unir el cariñoso recuerdo del ausente con el proyecto de continuar nuestro camino, es la imprescindible y más saludable decisión.

No decidir, nos enfrenta con nuestra disimulada, dolorosae inútil cobardía.