En el difícil camino que transitamos en el afán  de crecer como personas, es necesario desprenderse de ciertos bagajes que entorpecen nuestra marcha.

Me refiero especialmente a dos íntimas creencias que se empeñan obsesivamente en acompañarnos, aunque lo negaríamos disgustados si alguien nos acusara de ello. Son ellas la egolatría y la búsqueda de relaciones ejemplares que linden con lo ideal.

La egolatría: es la visión distorsionada de la realidad que nos lleva a creer que los demás están obligados a querernos, y a demostrarnos generosamente su cariño; es pensar que el mundo no podría arreglárselas sin nosotros; que todo cuanto suceda a nuestro alrededor requiere de nuestro protagonismo, que los hechos no son importantes en sí mismo si nosotros no participamos en ellos, con nuestras opiniones, juicios y respuestas emocionales;

Es el uso y el abuso del “yo” y del “a mí”;  es la vana creencia en nuestras virtudes; es pensar que las desventuras están hechas para los demás, que nosotros no las merecemos, y que si alguna, injustamente nos alcanza, todos deberán centrar su atención, su ayuda y su consuelo en nuestro drama; desde la egolatría somos capaces de robarle el protagonismo a un ser inmensamente querido que ha muerto, para sufrirlo sí, pero desde la mezquina versión de: “lo que a mí me pasó”.

La egolatría, es egoísmo, es desconocer la existencia, los afanes y las vicisitudes del otro, es no saber escuchar, o es aceptar a ese otro en tanto nos proporcione satisfacciones y halagos permanentes.

Desprenderse de esta manera de ser no es imposible ni tampoco fácil, para qué negarlo; requiere de un laborioso y constante esfuerzo personal por encontrarnos, por conocernos y disculparnos, por ejercer la humildad, por vencer la obstinación y salir de nuestro sí mismo (trascender) con la intención de llegar al otro - que no es un muro sino un puente - con nuestra comprensión y nuestro amor. Reconozcamos que somos mucho menos importantes de lo que creemos ser, y que es desde esa relativa, pequeña pero auténtica importancia, el lugar desde donde sí, los demás podrán querernos.