Esquema referencial para una terapia breve en el conflicto de pareja.

 

Cuando una pareja en conflicto decide iniciar una terapia, las fantasías que acompañan a ambos integrantes suelen diferir. Es probable que la decisión de consultar a un profesional no se haya tomado de común acuerdo, sino a expensas de los requerimientos de uno de los dos. En estos casos el otro, concurre a regañadientes, no considera necesaria ni beneficiosa la participación de un tercero en su problema, y suele actuar, al menos al principio, más como espectador que como participante. Es frecuente que él tenga ya una decisión tomada al respecto y por lo tanto sienta hostilidad hacia todo lo que intente modificar sus puntos de vista. 
En cambio quien ha insistido en la consulta, lo hace porque necesita ayuda, con la finalidad de rever y en lo posible modificar sobre todo la determinación de su pareja, ya que sus propios sentimientos apuntan hacia otro tipo de soluciones.
Como los trajo la urgencia de la crisis más que la meditada necesidad de tener un ámbito terapéutico donde reflexionar sus conflictos personales, es comprensible que no tengan una clara idea de los objetivos de una terapia de pareja.
Es posible que esperen que el terapeuta indique quien es el equivocado o el culpable, o que tome partido por uno de ellos y sugiera desde él la posible solución. En otras palabras, esperan la sentencia absolutoria o condenatoria para cada uno de ellos en lo individual.

Nada más alejado del objetivo de una terapia de pareja.

El terapeuta es un mediador, no un árbitro. No arbitra soluciones, media entre dos personas en conflicto descodificando los mensajes recíprocos que constituyan malentendidos, ya sean verbales o no verbales; propende a mejorar la comunicación entre ambos poniendo de manifiesto las fantasías acompañantes en cada uno de ellos, puntualizando, sobre todo, aquello que tenga que ver con culpas, resentimientos, escamoteo de la realidad  en cuanto a sus verdaderos sentimientos y proyectos, y finalmente devuelve a la pareja la responsabilidad de tomar sus propias decisiones.
Probablemente en el transcurso de la terapia, pueda ser de utilidad el empleo de ciertas técnicas movilizadoras que provengan del psicodrama o de la terapia gestáltica: polarizaciones, dramatizaciones, diálogos consigo mismo, trabajar con consignas prefijadas, ayudan a concientizar sentimientos más o menos encubiertos, a dinamizar y acelerar el proceso terapéutico, útil en éste tipo de consultas caracterizadas por la premura  y la angustia que acompaña a la búsqueda de probables soluciones.
La terapia de la pareja debe ser breve, en general no va más allá de una docena de sesiones que podrán realizarse en el menor lapso de tiempo posible, y sin apartarse del objetivo puntual de la consulta. Esto no es obstáculo para que uno o ambos integrantes puedan encarar,  posteriormente, una terapia individual con el afán de reparar y esclarecer su problemática personal.
En el caso en que ambos recurran a ella, aunque con frecuencia los dos integrantes prefieran continuar resolviendo sus problemas personales con el mismo terapeuta que los atendiera como pareja, es beneficioso sugerirles la conveniencia de que cada uno recurra a un terapeuta distinto para evitar someter la relación que los une a la supervisión permanente de un único profesional.    
El pasar de una terapia de pareja a una terapia individual es el camino adecuado para esta problemática. En cambio pretender resolver el conflicto iniciando en ese momento una terapia individual deja afuera los puntos de vista y el probable aporte del otro en la búsqueda de soluciones. La terapia individual debe ser iniciada sólo cuando la negativa del cónyuge a participar no deje otra alternativa.
Si hoy pudiera volver a iniciar mi tarea como terapeuta de pareja, enriquecida mi  experiencia a través de largos años de práctica profesional, me atendría a las siguientes sugerencias:

 

·      El terapeuta de pareja deberá admitir que su función está más emparentada con el arte que con la ciencia, que tendrá que mantener una permanente equidistancia con ambos integrantes de la pareja. Que el menor acercamiento hacia una de las partes, provocará fastidio y desconfianza en quien haya quedado distante. Que si esta actitud se reitera, ella o él se sentirá incomprendido y perjudicado, y que probablemente no concurrirá a la próxima entrevista con lo que la terapia de pareja llegará a su fin. En este caso la interrupción fue motivada por un error del terapeuta, que probablemente se ha involucrado de manera demasiado subjetiva, lo que lo ha llevado a tomar partido en el conflicto trasladando tal vez su propia problemática sobre el tema en cuestión.

 

·      Evite caer en la seducción que cada uno de los miembros de la pareja pueda intentar ejercer con el  objeto de lograr sus “favores” profesionales o ponerlo de su parte, ya que habitualmente quienes recurren a estas terapias no suelen hacerlo con una actitud ecuánime y comprensiva, sino con el ánimo de lograr su complicidad para someter a su pareja a reglas de juego que él considera justas y equitativas, y que en realidad distan mucho de este enunciado, ya que se emparientan más con el egoísmo que con un equilibrado cumplimiento de las expectativas de cada uno. 

·       Hablando de seducción (y no se enoje por esto), evite la suya propia.

·      No recrimine, ni censure, ni descalifique ni elogie las conductas individuales de cada uno.

·      No atienda en forma individual los requerimientos personales sin el conocimiento y sin la anuencia del otro integrante, y de hacerlo, que sea con la consigna  de volcar lo conversado en la siguiente entrevista de pareja. De otro modo, participará Ud. de una suerte de complicidad con alguno de ellos que resultará perjudicial para el proceso terapéutico.

·      Recuerde que la pareja conforma un vínculo bicorporal pero polipersonal, que una multiplicidad de personas integran el mundo interno de cada uno de ellos; y que frente al conflicto surge, con mayor claridad la figura del “tercero excluido”, ese personaje en principio fantaseado al que se le atribuyen, por un lado, dotes y virtudes, por el otro, malas intenciones, y que tantos celos y desvelos suele provocar. El terapeuta, si es que no observa la imprescindible equidistancia que requiere su función, puede quedar entrampado en las proyecciones dinámicas y cambiantes, de alguno de los dos ( o de ambos) integrantes de la pareja, y constituirse en el depositario de este odioso personaje; a estas alturas, si lo sucedido no es convenientemente esclarecido, el intento terapéutico se deslizará  hacia un seguro fracaso. 

·      No se proponga “separar” ni “reconciliar”, éstas son determinaciones que no le conciernen.

·      Reduzca al mínimo indispensable, aunque sin pasarlo por alto, la indagación de lo histórico personal, el tiempo apremia y Ud. no está realizando dos terapias individuales al mismo tiempo.

·      No olvide que una pareja tiene sus propias reglas de juego, que están por encima de las reglas que ellos puedan pactar en la terapia, por lo que sus intervenciones deben ser cuidadosas y sutiles. Habrá momentos en que el terapeuta se encontrará frente a un silencio cómplice por parte de ambos, es el momento de dar un paso atrás; los “pactos de silencio” pertenecen a la pareja y solo ellos pueden romperlos.

·       Sin embargo hay un señalamiento que el terapeuta sí puede hacer, y es el de puntualizar que los pactos de silencio son medidas defensivas que se asumen de común acuerdo con la intención de evitar algún tipo de riesgo, ese riesgo es a menudo inexistente o fantaseado, poder hablar sobre él otorga a la pareja la posibilidad de revisar sus fantasías y ansiedades con respecto al hecho que motivó tal silencio, liberándolos así de la pesada carga que entraña una complicidad que suele estar acompañada por intensas sensaciones de culpa.

·      Aún en las terapias individuales, es útil citar alguna vez a la pareja a una sesión, si se puede constatar que el conflicto no está en el vínculo (no está desde luego como motivo puntual de la consulta, ya que toda problemática personal incide en los vínculos en los que esa persona participa, y primordialmente en su pareja ), será entonces inherente contar con la imagen que el invitado tiene de nuestro paciente, y solicitarle su colaboración a partir de ciertos cambios de actitudes, para resolver las dificultades que su pareja manifiesta en lo individual. Habitualmente reciben con agrado la invitación, se sienten de ese modo tenidos en cuenta, integrados, y no escatiman la ayuda requerida.

·      Ocurre a veces que ambos integrantes de la pareja optan por una reconciliación, quedándole al terapeuta la sensación, conocido los hechos, que esta determinación constituye en realidad un “parche”, una medida aleatoria que no se corresponde con la realidad del vínculo. Es que con frecuencia el ser humano pone más empeño en evitar el sufrimiento que en buscar la felicidad. Cuando esta decisión por parte de la pareja es un hecho consumado, habitualmente son ellos quienes dan por terminada las entrevistas para evitar que alguna intervención terapéutica desordene el acuerdo al que han arribado. Nada que hacer en estos casos, aunque nos quede la sospecha de lo equivocado de la  resolución.

·      Cuando una terapia de pareja concluye exitosamente arribando a un epílogo equidistante y satisfactorio para ambos integrantes, son frecuentes las muestras de agradecimiento de la pareja hacia el terapeuta y el respeto y el afecto que manifiestan hacia él; es habitual que a lo largo de los años vuelvan a consultarlo en otras oportunidades donde una disonancia (un malentendido de los que nunca faltan ), ponga en riesgo la totalidad del concierto matrimonial. Es que el terapeuta es sentido a partir de una relación terapéutica saludable, como un consejero amistoso, justo e idóneo, al que se le confiere el derecho de mediar en las probables desavenencias del vínculo que los une. Cuando las disonancias no ocurran al menos recibirá Ud. una tarjeta en diciembre, de salutación y agradecimiento. Son las pequeñas grandes alegrías que suele concederle la vida al    humano trajinar del profesional.

·      Cuando el motivo de la consulta esté centrado en una problemática sexual, cuyo síntoma predominante sea la eyaculación precoz, la impotencia o la frigidez, no deberá el terapeuta tener la pretensión de resolver la cuestión en el estricto ámbito de la terapia de pareja. Es imprescindible en estos casos contar (paralelamente con la terapia) con la colaboración del médico especialista, para descartar o realizar el tratamiento adecuado a la probable organicidad de la lesión.

En cuanto a las llamadas “perversiones sexuales”, en contados casos han sido ellas el motivo de la consulta de una pareja en conflicto.

Cuando ha ocurrido, se presenta a través de la queja de uno de los integrantes por verse sometido a ciertas prácticas que considera anormales.

Este antiguo concepto de “perversión sexual”, cargado de prejuicios y mojigaterías, debiera ser revisado y actualizado con una disposición mas tolerante y menos inquisidora.

En este punto es determinante la actitud del terapeuta en cuanto al tema en cuestión, ya que deberá  tener en cuenta que no es “su” noción de normalidad la que tendrá que trasladarse a la pareja en conflicto, siendo los mandatos internos y los permisos de que dispongan los consultantes los que calificarán finalmente al episodio.

El terapeuta no es un modelo a imitar, en este caso ni en ningún otro, y deberá realizar su trabajo a partir de la versión que, su o sus pacientes tengan de la realidad ; es desde ese lugar de donde podrá colaborar en la búsqueda de las modificaciones que resulten necesarias.

Es sí perverso, en una relación sexual o simplemente en toda  relación humana, someter contra su voluntad al otro a realizar todo aquello que no esté dispuesto a aceptar, en cambio se tendrá que ser muy  cuidadoso en rotular de anormal toda práctica compartida de común acuerdo que resulte placentera y no perjudique a terceras personas.                

                             

·      Para terminar, sugiero que cuando alguien se aboca a este tipo de terapia pruebe de hacerlo integrando él mismo, con otra profesional, “una pareja terapéutica”.  De ese modo participarán de las entrevistas “dos parejas”, la que consulta y la que interviene profesionalmente, desde luego de las dos, al menos una, -la terapéutica-, debe funcionar bien. La reunión entre cuatro personas adquiere una dinámica especial, y  como es sabido, en cuanto a comunicación se refiere, el cuatro es un número mucho menos conflictivo que el tres, donde si bien en forma dinámicamente cambiante, los acuerdos entre dos dejan sólo a un tercero.

 

Capítulo 16 del libro: “La pareja, un delicado equilibrio” “Corregidor”