Un camino a recorrer:
Pongamos al día y en paz nuestro vínculo con quienes no están.
Esforcémosnos por superar el egoísmo que coloca a nuestro dolor como protagonista principal de los hechos.
Vivamos nuestro duelo con dignidad, recordando a nuestros hijos con las personas apropiadas y en los lugares apropiados.
Evitemos el aislamiento, reinsertándonos en la vida familiar y en la sociedad asumiendo nuestros cambios personales.
Analicemos nuestra fe y nuestra creencia en una existencia más allá de la muerte.
Tengamos un proyecto de vida que honre a quienes no están, a los que están y a nosotros mismos.
Atendamos con dedicación y sensibilidad los vínculos afectivos con los vivos.
No dejemos que el dolor nos exima de superarnos y ser mejores personas, el permanente recuerdo del ausente debe ser un estímulo para lograrlo.
La posibilidad de superar un duelo, requiere desde luego de nuestro esfuerzo personal y no podemos delegarlo en ningún tipo de paternalismo.