Era
su figura hermosa de rasgos varoniles, era su fácil simpatía y su permanente
sentido del humor, era su tendencia a escuchar y a ayudar. Convocaba a la gente
a su alrededor: familia, compañeros de estudios o deportes, amigos y novias.
Sentía un respetuoso cariño por las personas mayores y quienes comprendía y
asistía. Amaba a sus hermanos y también a su perro ovejero, compinche de
andanzas y travesuras. No conoció el egoísmo, quizá tampoco el verdadero amor
porque no tuvo tiempo. Disfrutaba y cuidaba de los más pequeños. Hubiera
querido tener hijos, estoy seguro.
Lo
vi crecer, hacerse muchacho, y eso significó muchos momentos compartidos y
felices. Fue mi orgullo...
Se
fue una noche en la que no hubieron despedidas, sólo perplejidad y dolor.
Entonces
comprendí, viceralmente, los versos con que Macedonio Fernández despidió a su
amada Elena y que decían: “Mientras duró, de todo hizo placer, cuando se
fue, nada dejó que no doliera”.
A Martín, a quien quiero y extraño...
Pese a que el destino brutal, indiferente,
lo llevara una noche, sin más trámites, aún hoy,
él me
concede la alegría de visitarme en los sueños...
