Reflexiones acerca de la tarea en los grupos de autoayuda: "Renacer".

 

Una feliz idea surgida de Gustavo y Alicia Berti quienes sobreponiéndose a su dolor pudieron sentir el dolor de los demás, dio lugar en la ciudad de Río Cuarto, a la creación de los grupos de autoayuda para padres que han perdido hijos. Estas son algunas reflexiones en torno a mi participación en uno de los grupos que se han ido creando posteriormente en la Capital Federal y que son consecuentes con la finalidad y la metodología de trabajo propuesta por el matrimonio Berti. Quiero señalar en principio algunas diferencias en cuanto al encuadre de estos grupos con respecto a los grupos terapéuticos. En la autoayuda no se trabaja asistidos por un terapeuta, ni existen honorarios, exponemos nuestros testimonios centrados en el tema evitando interpretaciones, consejos y controversias. Compartimos nuestras emociones e interrogantes con la finalidad de superar nuestro dolor y poder ayudar y ayudarnos. El rasgo que distingue a estos grupos es indudablemente la experiencia compartida, lo que posibilita el lenguaje común y la rápida comprensión de nuestra problemática. 

Comienza la tarea: 

En un principio, los sentimientos que embargan al recién llegado son confusos, contradictorios y, en general, negativos: profunda tristeza; sensación de pérdida irreparable e injusta; descreimiento; falta de fe; cuestionamiento a la justicia divina; a la justicia terrena; búsqueda de responsables de su desdicha proyectada, según los casos, en médicos, tratamientos, victimarios más o menos involuntarios en los accidentes, lo que alimenta su desdicha. También el nuevo integrante proyecta en él mismo la responsabilidad de lo sucedido, por lo que hizo o por lo que dejó de hacer, lo que lo mantiene sumido en remordimientos y sensaciones culposas. Por otra parte cuando existe una problemática de base en el grupo familiar que ha perdido uno o más integrantes, ésta culpa suele incrementarse a través de reproches o silencios que agravan el cuadro y le quitan a la familia, y en especial a la pareja de padres, toda posibilidad reparatoria. Con algunas de estas vivencias los padres, o uno de ellos, llega al grupo, al que han conocido a través de la divulgación en algún medio, o lo hacen presentados y acompañados por un amigo que ya participa en la tarea. Se los recibe en los llamados "grupo de bienvenida", integrados por pocas personas, tratando de generar un ambiente intimista y confiable. En general la actitud del que se acerca suele ser, en un comienzo, retraída y de escasa convicción, siendo comunes frases como "mi vida carece de sentido", "nada ni nadie me devolverá a mi hijo". El grupo tratará que el nuevo integrante pueda expresar libremente sus sentimientos, que realice su "descarga", con una actitud comprensiva y brindándole todo el tiempo que necesita a través de sucesivas reuniones, e inclusive asistirlo fuera del horario establecida para estos encuentros si fuera necesario. Luego de algún tiempo, en la medida en que el nuevo padre se sienta emocionalmente más sereno y más integrado, se lo invitará a participar en reuniones más numerosas donde conjuntamente con otros padres, trabajará en la búsqueda de respuestas, no siempre fáciles, al cúmulo de interrogantes comunes a todos nosotros. Al respecto hemos confeccionado un "temario", que reúne una serie de inquietudes surgidas en nuestras reuniones, y que nos ayudan a ordenar y desarrollar la tarea. Este "temario", como así también un pequeño escrito con sugerencias a los coordinadores nos han sido útiles, y desde ya están a disposición de otros grupos que les interese leerlos. Esta etapa nos ayuda a aceptar lo irreparable, a no quedar empantanados en nuestro dolor, y a partir de ello comenzar a reordenar nuestras ideas y sentimientos hacia conductas más positivas; por nosotros mismos, por el hijo o los hijos perdidos, y por todos los que se acercan y se acercarán con sufrimientos similares a los nuestros. Esta es, en pocas palabras, la idea de trascendencia, salir de sí mismo a través del crecimiento de una espiritualidad que nos torne comprensivos con el dolor de los demás. Lentamente nos iremos capacitando para ayudar y muy pronto recogeremos los frutos, ya que al ayudar nos ayudamos. Hemos de transitar juntos un tramo del camino participando de un lenguaje común basado en el haber podido trascender el sufrimiento, transformándolo en sentimientos solidarios. Es a través del quehacer compartido donde renace la posibilidad de reencontrarnos con el sentido de nuestras vidas: lejos del olvido, lejos de la negación, lejos del aturdimiento, y muy cerca del permanente y amoroso recuerdo de nuestros hijos, sólo materialmente perdidos. 

Algunos logros 

En lo personal mi participación en estos grupos me ha permitido: reencontrarme con mis posibilidades reparatorias, darme cuenta que mi dolor no es el único, abandonar mi rol de víctima, comprender que mi pareja no merece tener que vivir en adelante junto a un marido triste y quejumbroso, me ha enseñado a mejorar la relación con mis hijos vivos, que además de cargar con su propio dolor no deben sentir que su hermano, por el desgraciado hecho de haber muerto es en el afecto más importante que ellos. Supe que los problemas, por pequeños que nos parezcan, son importantes para quien los padece y merecen ser atendidos. Me han enseñado a diferenciar en la vida lo trivial de lo importante, y que los sucesos, sobre todo los desafortunados, no sólo le ocurren a los demás, por lo que se hace imprescindible comprometerse con el presente, poner al día nuestros sentimientos hacia los seres queridos. En síntesis evitar las postergaciones de dudosa realización. En cuanto a mi desempeño profesional, debo agradecer a mis compañeros del grupo el haber obrado en mí profundos cambios que me hacen hoy más receptivo y continente frente a quienes heridos por una pérdida se acercan en busca de consuelo, de esclarecimiento y de apoyo, a mí, a un terapeuta, a un padre herido por su mismo dolor, que hoy puede proponerle, desde esa vivencia compartida, un diálogo fecundo que los ayude a reinsertarse en la vida. 

Sobre el encuadre:

Creo que el encuadre abierto de estos grupos, facilita la integración de los participantes generando un espacio donde todos sin excepción tenemos cabida, cualquiera sea nuestra ideología y nuestro sistema de creencia; lo que no impide que podamos aceptar aportes y sugerencias que provengan desde distintas disciplinas terapéuticas o humanísticas que puedan enriquecer nuestra tarea, en la medida que esto no implique una adhesión permanente o unilateral a una determinada escuela.

Sobre el conocimiento del compañero:

 Considero imprescindible el conocimiento de nuestros compañeros de grupo: sus nombres, el de sus seres queridos que hoy no están, las circunstancias relacionadas con sus duelos que espontáneamente ellos quieran proporcionarnos. Tal vez sea éste el primer paso hacia la noble tarea de ayudar a los demás, poder escucharlos e identificarnos con su dolor. 

Sobre las limitaciones de los grupos:

 Nuestros grupos de autoayuda surgen como una necesidad y no como una panacea, no podemos, por nuestras propias limitaciones, hacernos cargo de patologías individuales previas a la pérdida. Los compañeros que las padezcan no serán evitados de ningún modo, pero sí aconsejados a buscar en un ámbito terapéutico apropiado (que no es el nuestro) el apoyo necesario a su problemática y complementario a la tarea de seguir creciendo junto a nosotros. 

Renacer como prevención frente a la magia:

 Pese a mi dolor no he querido caer en la tentación de acercarme a lo mágico o a la brujería, tan en boga, para intentar recuperar a Martín. Él irremediablemente hoy no está , y es con el grupo, con quien estoy aprendiendo a trascender su ausencia física, mientras se acrecienta permanentemente su imagen y su recuerdo dentro mío. Creo que deberíamos desechar en Renacer cualquier propuesta que provenga desde el esoterismo. 

Sobre la idealización:

 Al respecto quisiera decir que la idealización, que emana de nosotros mismos, se manifiesta frecuentemente con aquellos que hoy no están. He querido y quiero entrañablemente a mi hijo, pese a ello he tratado de no idealizar nuestro vínculo, (aunque no me falten ganas ni razones), porque sé‚ que ello detendría mi camino, me impediría mirar hacia adelante, y quisiera, en cambio, llevar a mi hijo en mi corazón, pero continuar caminando. La idealización, lo mismo que la culpa, son vivencias que a menudo aparecen en nuestra tarea dificultando la misma, creo que debemos ocuparnos de ellas con asiduidad para poder superarlas. Tal vez fuera útil organizar reuniones o talleres centrados en la profundización y el análisis de estos dos sentimientos con la finalidad de no quedar detenidos en ellos. 

Sobre la crisis vital:

 Creo que no debemos evitar, ni negarnos a cuestionar y revisar nuestras emociones, nuestras fantasías, nuestros recuerdos, nuestros vínculos actuales, nuestros hábitos, aunque tengamos que aceptar momentos de desconcierto, de dolor o de vacío. Sólo de ese modo, podremos posteriormente transitar la etapa de aprendizaje, aceptar cambios, encontrar un nuevo sentido a la vida, y completar el proceso de identidad. Estoy intentando dar estos pasos junto a mis compañeros, he sentido desde un primer momento, una suma de posibilidades humanas, una fuerza tremenda que emana del grupo, que emana del nosotros, quiero dejar de lado una postura individualista frente al dolor; desde lo grupal, desde el nosotros, por todo lo antedicho las posibilidades de recuperación son mucho mayores. 

Conclusiones:

He conocido a numerosas personas de gran sensibilidad frente al dolor ajeno y dispuestas a sobreponerse a sus desdichas, hoy ellos son mi grupo de pertenencia y de apoyo y quiero testimoniarles mi agradecimiento y mi cariño. He recorrido este camino junto al permanente recuerdo de Martín, con quien compartimos veinte años llenos de amor. Es él, seguramente desde algún lugar, quien me anima y me alienta a seguir adelante. Para finalizar quisiera transcribir un pequeño poema, se llama "Nadie". 

"Llevo en mi oscuridad un hombre secreto, cuando la muerte sepa de mí sacudiendo prontamente los efímeros pasos, nadie podría decir: lo conocí enteramente. Nadie". 

Fue escrito por el mayor de mis hijos, Carlos Hernán, tiempo antes que Martín nos dejara.

                                                             Carlos J. Bianchi