La pareja y el brindis de fin de año

 

Finaliza diciembre y las familias enfrentan el complejo dilema que plantea la celebración de un nuevo fin de año.

Todo debiera ser festejo y alegría. Sin embargo en muchos casos no es así.

Es que en el devenir natural de la pareja a través del tiempo, se han ido incorporando en el escenario de la nutrida trama familiar - más allá de los siempre bienvenidos hijos - una cantidad de parientes  que en distinto grado de importancia o de cercanía afectiva tienen el derecho - decretado o merecido - de participar de la mesa de la celebración.

Ocurre que la pareja ha unido al enamorarse no solo sus vidas futuras, sino también dos grupos familiares con sus particulares costumbres y creencias, grupos de los que naturalmente cada uno de ellos proviene. Con contadas excepciones - digámoslo de una vez - nadie quiere a la familia de su cónyuge como a su propia familia.

Comienza entonces una complicada negociación en la pareja para tratar de definir: a quién invitamos o qué invitación aceptamos. Si además hay hijos, también  ellos tienen sus preferencias afectivas por ciertos primos, tíos o abuelos.

Insisto en afirmar que se trata de una negociación, y que en toda negociación debe uno estar dispuesto a transigir, a otorgar en cierta medida para lograr, por otra parte, lo medianamente  ambicionado.

Si cada uno de los cónyuges armara desde su sentir la mesa del festejo, asistiríamos seguramente a dos mesas distintas. Aunque, claro está, ciertos parientes tendrían desde el afecto su lugar en ambas celebraciones. Todo esto sin contar las mesas que armarían, si pudieran, los hijos.

Felizmente el almanaque nos provee de dos celebraciones: la Navidad, de mayor significado religioso para los católicos y el fin de año, que convoca a un más generalizado festejo. Esto ofrece cierto alivio ya que podemos recuperar en una lo otorgado en otra.

Me permito insinuar al complicado equilibrio que significa la vida en pareja, algunas sugerencias finales para sobrellevar ( si es que la palabra no es demasiado dura tratándose de un festejo ) , el fin de año:

·      Nada se logra sin un importante margen de tolerancia. Al integrarnos en pareja unimos dos maneras de sentir y ambas deben ser tenidas en cuenta, por lo que es probable que los dos deban resignar una parte de sus preferencias.

·      Copio tres renglones de mi libro: “La pareja, un delicado equilibrio” que dicen: “deberán   defender los enamorados su relación desde el inicio, de las actitudes que provengan de sus familias primarias y que constituyan una limitación a su libre albedrío” creo que acercan una necesaria advertencia.

·      Recordar que la vida continúa, y que lo que realmente importa es que el 1º de enero encuentre a la pareja unida y sin los inútiles resentimientos que pudieran crear la intolerancia y la desmedida exigencia de alguno de ellos en el armado de la, a menudo, tan complicada celebración.

·      Las parejas que estén separadas y con hijos, deben admitir que los hijos no son trofeos que nos pertenezcan al solo efecto de decorar la mesa de los festejos. Que no son ellos los responsables de la separación de sus padres,  por lo que es necesario allanarles en la medida de lo posible el camino, ya de por sí difícil, respetando sus sentimientos, consultándolos y aceptando la libertad de los mismos a participar o no, con ambos padres aunque en distintas reuniones si así lo decidieran.

·      Un párrafo merecido y final, está referido a los seres queridos que ya no están. Ellos, que con tanto afán quisiéramos tener a nuestro lado no crean, bueno sería, problemas en estas circunstancias, más allá claro está, del profundo dolor que nos provoca su ausencia.

Ahora sí, sólo resta armar el rompecabezas, cuidando que nuestra felicidad no se logre a expensas de la postergación de quienes queremos.

 fiestas de fin de año