Las
flores ajenas
A
Mateo nunca le faltan las flores.
Todos
los fines de semana Beatriz, su mujer, se hace presente con su infaltable
ramillete de fresias.
Y todos los miércoles al atardecer, casi a la hora en que cierra el cementerio, Paula deposita amorosamente sobre su parcela dos rosas rojas.
El
tiempo va pasando sin que las ofrendas florales sufran modificación alguna.
Quizá como parte de un triste y silencioso pacto, Beatriz admite las rosas y
Paula las fresias.
No
sólo las admiten, sino que han llegado a cuidarlas.
Los
sábados, Beatriz, antes de dejar dormidas sus fresias, quita algún pétalo
marchito y acomoda las rosas. Los miércoles, Paula prolija el ramillete de
fresias, y lo reubica con gracia a recatada distancia de sus nuevas rosas.
*
Mateo
era un hombre silencioso. No me refiero, claro está, a su condición final sino
a su conflictiva vida. Consideraba que hablar demasiado lo hace a uno
vulnerable, y en cuanto a comentarios que involucraran a juicios o emociones de
terceros, no llevaba ni traía.
También
creía que frente a ciertas acusaciones o sospechas de las que pudiera ser uno
pasible, era imprescindible negar. Negar siempre. Negar todo. Hasta que la
muerte, piadosa, llegó para eximirlo quizá, de futuras decisiones.
*
Beatriz
ignoraba la existencia de Paula, pero la intuición - que es femenina – le
permitía sospecharla.
El
día del velatorio, cuando el cortejo partía, una mujer solitaria y distante a
quien Beatriz reconoció elegante y bien parecida, despedía a Mateo. Como quien
muestra sus cartas porque el juego ha terminado, se miraron un instante. Fue
suficiente para que Beatriz comprendiera.
No
se sintieron rivales ni se odiaron. La rivalidad, en todo caso, ya no tenía
sentido. Además, la muerte, que suele absolver a los culpables, terminaba en
este caso con el presagio de una futura y dolorosa disputa. Supieron que ese día
sólo compartían un dolor y curiosamente, una cierta complicidad, que ocurre de
manera espontánea entre aquellos que amaron lo que uno amó.
Beatriz
y Paula nunca más se encontraron. Pero cada una supo, desde aquél instante,
que seguirían compartiendo: ayer el sufrimiento de un amor incompleto, y a
partir de entonces, tan sólo una añoranza. Después, lo impensado: compartirían
también el cuidado de unas flores ajenas...
Sospecho
que este relato puede despertar una mueca de incredulidad en muchas mujeres.
Quizá piensen que adolece
de una sensiblería “rococó” y que en los hechos resulta
inadmisible.
Comprendo
que sobre todo las esposas que se ven involucradas sin su consentimiento en éstas
triangulaciones amorosas,
estén más dispuestas a rechazar con desaire las flores ajenas que a
acomodarlas primorosamente (si es que acaso deciden llevar las suyas propias).
Es
normal. El sufrimiento que provocan los desengaños las justifica.
Pero
un cuento encierra el afán de narrar lo singular o lo distinto.
Y
en el amor, lo distinto, con su inagotable cuota de asombro, suele ser moneda
corriente.