Las flores ajenas

 

A Mateo nunca le faltan las flores.

Todos los fines de semana Beatriz, su mujer, se hace presente con su infaltable ramillete de fresias.

 Y todos los miércoles al atardecer, casi a la hora en que cierra el cementerio, Paula deposita amorosamente sobre su parcela dos rosas rojas.

El tiempo va pasando sin que las ofrendas florales sufran modificación alguna. Quizá como parte de un triste y silencioso pacto, Beatriz admite las rosas y Paula las fresias.

No sólo las admiten, sino que han llegado a cuidarlas.

Los sábados, Beatriz, antes de dejar dormidas sus fresias, quita algún pétalo marchito y acomoda las rosas. Los miércoles, Paula prolija el ramillete de fresias, y lo reubica con gracia a recatada distancia de sus nuevas rosas.

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Mateo era un hombre silencioso. No me refiero, claro está, a su condición final sino a su conflictiva vida. Consideraba que hablar demasiado lo hace a uno vulnerable, y en cuanto a comentarios que involucraran a juicios o emociones de terceros, no llevaba ni traía.

También creía que frente a ciertas acusaciones o sospechas de las que pudiera ser uno pasible, era imprescindible negar. Negar siempre. Negar todo. Hasta que la muerte, piadosa, llegó para eximirlo quizá, de futuras decisiones.

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Beatriz ignoraba la existencia de Paula, pero la intuición - que es femenina – le permitía sospecharla.

El día del velatorio, cuando el cortejo partía, una mujer solitaria y distante a quien Beatriz reconoció elegante y bien parecida, despedía a Mateo. Como quien muestra sus cartas porque el juego ha terminado, se miraron un instante. Fue suficiente para que Beatriz comprendiera.

No se sintieron rivales ni se odiaron. La rivalidad, en todo caso, ya no tenía sentido. Además, la muerte, que suele absolver a los culpables, terminaba en este caso con el presagio de una futura y dolorosa disputa. Supieron que ese día sólo compartían un dolor y curiosamente, una cierta complicidad, que ocurre de manera espontánea entre aquellos que amaron lo que uno amó.

Beatriz y Paula nunca más se encontraron. Pero cada una supo, desde aquél instante, que seguirían compartiendo: ayer el sufrimiento de un amor incompleto, y a partir de entonces, tan sólo una añoranza. Después, lo impensado: compartirían también el cuidado de unas flores ajenas...

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Sospecho que este relato puede despertar una mueca de incredulidad en muchas mujeres. Quizá piensen que adolece  de una sensiblería “rococó” y que en los hechos resulta inadmisible.

Comprendo que sobre todo las esposas que se ven involucradas sin su consentimiento en éstas triangulaciones amorosas,  estén más dispuestas a rechazar con desaire las flores ajenas que a acomodarlas primorosamente (si es que acaso deciden llevar las suyas propias).

Es normal. El sufrimiento que provocan los desengaños las justifica.

Pero un cuento encierra el afán de narrar lo singular o lo distinto.

Y en el amor, lo distinto, con su inagotable cuota de asombro, suele ser moneda corriente.

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