Cuando la pareja es dramáticamente conmovida por la muerte de un hijo, es comprensible que cada uno de los padres esté sumergido en su propio dolor y que la relación de pareja no esté, en ese momento, en el primer lugar de sus preocupaciones.
Pero es indudable que el peor de los duelos es el duelo solitario. Así lo entienden los amigos y familiares, que en estas circunstancias, se acercan a ellos brindándoles todo su afecto y consideración.
Pero como sabemos ese acompañamiento es sólo temporario,
ya que la vida debe continuar, y después de cierto tiempo la solidaridad
decrece paulatinamente. Es entonces, y sin la menor duda, donde el compañero,
el testigo necesario, es para cada padre doliente, su propia pareja.
Ellos sabrán estar juntos en el silencio respetuoso y en
la reminiscencia de tantos momentos compartidos con quien hoy no está físicamente
a su lado.
La pareja se afianza frente a la gran ausencia. Irán
creando, quizá sin proponerlo, un código cómplice que les indicará cuando
hablar y cuando callar frente a terceros. A veces, el sólo cruce de una mirada
será suficiente, para entenderse en cada circunstancia a los que lo someta el
diario vivir.
Lentamente se irán generando nuevos proyectos y se ira
permitiendo la pareja acceder otra vez a la vida, y a ciertas alegrías que en
un principio eran impensadas.
A partir de la experiencia y de la complicidad del dolor compartido, el vínculo se afianza y cada uno será para el otro el mejor compañero en el camino que aún les toque recorrer, compartiendo el tiempo y los sentimientos, pero respetando también la individualidad del duelo en cada uno de ellos.
Es esta sólo una semblanza de la probable evolución de una pareja, que al momento de la pérdida, se encontraban unidos y felices.
*
No ocurre lo mismo, cuando la pérdida de un hijo es el detonante que pone en evidencia el malestar o la infelicidad preexistente entre los padres. Es aquí donde se cumplen las estadísticas que hablan de un aumento de las separaciones en estos casos.
Las recriminaciones, el hacer de algún modo culpable al cónyuge por lo sucedido, el resentimiento, el discutir y competir entre ellos por el amor o por la desatención hacia el hijo, son en estos casos, moneda corriente. Luego, la separación, tal vez necesaria, y el profundo dolor de tener que afrontar un duelo solitario.
Las opciones: Grupos de autoayuda, terapia, religión, amistades, nuevos intentos de pareja.
*
Lo que no ayuda:
No respetar los tiempos ni la singularidad del duelo del cónyuge.
Cuestionar
lo que cada uno hizo o dejó de hacer.
Atribuirle
al otro responsabilidad o culpa en lo sucedido.
Encerrarse
en su dolor y desatender a su pareja.
Privarse y privar al otro de ciertas gratificaciones que pudieran compartirse, por un sentimiento de fidelidad al ausente
Asumir un rol de víctima como si su dolor fuera más importante que el de su pareja
Obligar
al otro a participar de ceremonias, recordatorios,
Censurar en el otro la risa, la broma, la participación
en eventos sociales,
**f