Un juego, a veces peligroso.

Quien vive en pareja convive también con ciertas escenas temidas. Una de ellas es la infidelidad. Tener un ciber-amante, un amante epistolar o una relación de recíproca seducción con alguien, aunque sin concretar el clandestino y corporal encuentro, ¿es infidelidad?: Sí y no. No, en cuanto a la falta de concreciones, digamos, físicas, lo que minimiza la culpa. Sí, en cuanto a las consecuencias y a los sentimientos que genera. En el trasgresor, sensaciones de culpa y necesidad de ocultamientos. En su pareja, si se entera, profundos celos, sensaciones de haber sido engañado, y duras recriminaciones que llevan fácilmente al conflicto. Debiera tener en cuenta, quien participa de estos escarceos, que ellos son la prueba de un deterioro previo en su relación de pareja, caracterizado probablemente por: disminución del placer sexual, pérdida de la necesaria cuota de apasionamiento y una convivencia que se ha tornado rutinaria. A veces, son indicios también, de una notoria inmadurez emocional en estos aspirantes a los amores a distancia. En mi práctica profesional, estas situaciones, hasta cierto punto inocentes, llevaron a parejas a serios cuestionamientos, y en algunos casos a la temida e indeseable separación. Si la intervención terapéutica se realiza, preventivamente, en la etapa de carencias y desapasionamientos, tiene, desde luego, mejor pronóstico, que intervenir cuando la trasgresión ha sido realizada y descubierta. 

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