Quien
nos mira, suele ofrecernos su cuota de solidaridad, de afecto y de comprensión.
A
veces una mirada nos dice: “no sé que decirte ni que hacer para aliviar tu
aflicción”
Otras
veces, nos envuelve con la conmiseración y la pena que se siente frente a quien
ha quedado disminuido, frente a quien ya no es el mismo.
También
hay miradas que nos evitan, desde su dolorosa impotencia por acercarse a nuestro
dolor.
Algunas
miradas nos estimulan a buscar respuestas valederas.
En
otros casos son el respetuoso homenaje a nuestro digno esfuerzo de seguir
creciendo y recordando, sin detenernos a interrogar a la vida sobre los sucesos
que ya fueron.
Aunque
hay miradas que miran sin ver, las miradas nunca son indiferentes, ya que nadie
es indiferente frente a la ausencia.
Tratemos
de leer cada mirada, desde la
experiencia y la sabiduría que nos ha dado el sufrimiento.
Comprender
la mirada de los otros es aceptar al otro con sus limitaciones, sus sentimientos
y sus necesidades.
Intentemos
devolver con amor cada mirada.
Aún
aquella que por timidez o desconocimiento, no cumpla con nuestras expectativas.
C.
J. B. Olivos, septiembre/2004