Las reglas del juego
Todo juego tiene reglas. Desconocerlas, nos impide participar, comprender o disfrutar del mismo.
Toda relación entre dos personas, está enmarcada por ciertas normas, muchas veces tácitas, en las que se estipulan los permisos y las prohibiciones vigentes.
(Dejo de lado, no sin cierto pesar, el análisis de las normas que rigen la compleja urdimbre que significa, el delicado equilibrio de toda relación amorosa, para referirme a lo grupal)
Del mismo modo, todo grupo humano que se reúna con un determinado propósito, cualquiera sea la finalidad de la reunión, está regido por pautas que son tácitamente aceptadas y respetadas por los participantes.
La trasgresión a dichas normas es mal vista, censurada o, de acuerdo a las características del grupo, puede provocar la exclusión del trasgresor.
Por cierto las reglas que se utilicen, laxas o rígidas, dependen del motivo de cada reunión.
No será lo mismo reunirse para: festejar un cumpleaños, definir un negocio, planificar un viaje, o participar de un grupo de autoayuda.
Sobre lo último, el grupo de autoayuda para pérdidas significativas, quiero reflexionar.
Podemos definir a dichas pautas, normas o reglas, como “conceptos” pre-existentes.
El nuevo integrante se encontrará a su llegada con conceptos, frases hechas, determinada bibliografía y normas de funcionamiento necesarias para la tarea.
Deberá entonces, volcar sus vivencias, dentro del marco de los conceptos ya vigentes.
Pero las propias vivencias y las sugerencias de los participantes, irán incorporando paulatinas modificaciones a los “conceptos”, con los que se ordenen las reuniones y la finalidad de las mismas.
Estas normas, entonces, deberán ser plásticas, fluidas y modificables. Como sugiere el filósofo Henry Bergson “vayamos de las cosas a los conceptos”, es decir, dejemos que la propia experiencia vaya modificando las reglas del juego, así estos conceptos, que constituyen el encuadre en la tarea, podrán recrearse dinámicamente, adecuándose a la necesidad de crecimiento grupal.
Toda sugerencia de cambios, en las normas de funcionamiento, podrá ser considerada y aceptada, claro está, con el consenso de la mayoría.
De otro modo caeremos en un autoritarismo, más emparentado con los miedos al cambio que con la necesidad de un auténtico crecimiento, y quizá muchas deserciones en estos grupos la motiven la inflexibilidad de quienes, temerosos, se ajustan con rigidez a un lenguaje prefijado e inmodificable.