La migración

 

El país llega empobrecido y triste a los festejos de fin de año.

Los sucesivos desgobiernos que fuimos padeciendo los argentinos, aunque a decir verdad se trata de los gobiernos que hemos elegido, nos llevaron a este lamentable panorama.

En descargo de nosotros mismos debo decir que la culpa, es de la esperanza. Ya que esperanzados seguimos votando promesas preelectorales. Así nos va. 

La falta de trabajo y de expectativas de crecimiento, ha llevado a muchos compatriotas a buscar en el exterior un lugar donde poder plasmar los sueños que en su país, son por ahora irrealizables.

Nosotros supimos con dolor, de conciudadanos que emigraron, porque en la década del setenta son muchos los que debieron alejarse para no engrosar la lista de torturados y desaparecidos, mientras se consumaba aquí, el perverso “proceso de reorganización nacional”

Por suerte aquella pesadilla quedó atrás, aunque los procedimientos mafiosos sigan dando su velado “presente” bajo el paraguas protector del poder político.

Un asesinato sin culpables por aquí, un negociado por allá, una componenda política a espaldas de la gente en cualquier momento y así sigue el festival de los que más tienen.

Pero los que hoy se alejan por impotencia, de tanta corrupción y desamparo social, no lo hacen, por suerte, como en los años setenta, para escapar a una muerte segura.

Se van porque la insensibilidad de los gobernantes los deja ir, desaprovechando la enorme capacidad de muchos de ellos, que podrían con su trabajo colaborar a reconstruir el país pujante que todos pretendemos.

Dejo atrás, no vale la pena, el costado político con una última reflexión: Según escribe Platón, Sócrates afirmaba que “era preferible la dictadura de los probos y los virtuosos, a la democracia de los ladrones y los corruptos”. Entre tantas democráticas tropelías, es para pensarlo.

Vuelvo a este nuevo dolor, a este nuevo duelo. El de los que se van y el de quienes los despiden.

Los viajeros son adolescentes o adultos jóvenes. Básicamente son hijos. Los que los despiden son mayores y normalmente son padres. Padres que compran tarjetas telefónicas para hacer posible la dicha de escuchar la voz de sus hijos, que debieron aprender a lidiar con la computadora y los e-mails, para poder recibir los correos que esperan con ansiedad, y enviar algunas respuestas o preguntas que quiera Dios y Bill Gates  lleguen a destino.

Los unos y los otros deben afrontar la pérdida del vínculo cotidiano, y el amor es eso: un vínculo cotidiano.

Ellos tendrán que acostumbrarse a una nueva geografía y a nuevas costumbres. Quizá deban aprender otro lenguaje y aceptar la realidad de sentirse, por mucho tiempo, extranjeros en países de donde sus antepasados llegaron hace mucho a la Argentina.

Aquí quedaron los fines de semana familiares con sus habituales asaditos, los amigos y ese entorno afectivo hecho de pequeñas cosas como: el dulce de leche, el diario y el colectivo,  el quiosco de los cigarrillos y los alfajores, la placita del barrio y las frases hechas que son de uso común, la voz de los locutores y las cortinas musicales en la radio o la televisión, el football y el café que los conoce, donde el mozo les acercaba el habitual “cortado” mientras se quejaba de las inclemencias del tiempo o de la carestía de la vida, los boliches que se desgranan en la noche de Buenos Aires y las calles conocidas que tanto caminaron mientras meditaban su emigración.

Los que acompañaron sus sueños de crecer hasta  Ezeiza, luego de la partida pudieron manifestar esa congoja que trataron de ocultar en los abrazos de la despedida, por supuesto que la congoja aunque esperanzada, también viajaba en el avión.

No quiero quedarme solamente con esta congoja. Prefiero la esperanza de pensar que los viajeros puedan encontrar “su lugar en el mundo”, donde poder plasmar una vida digna y feliz.

Quienes quedamos tenemos que alentar en ellos, sin el egoísmo posesivo de querer solamente tenerlos cerca, las tomas de decisiones que más los favorezcan para lograr sus sueños.

El amor seguirá siendo amor pese a la distancia y el reencuentro será siempre posible.

Sus logros serán nuestra alegría, y esa alegría ayudará a disimular tanta añoranza.

Una vez más: Señores funcionarios y políticos, paladines de la democracia, gracias por todo.

 

Carlos J. Bianchi, que siempre espera noticias de Madrid, donde sus hijos: Carlos Hernán y Sabrina se esfuerzan y se aman.