Las grandes ausencias

 

Las grandes ausencias, luego del desconcierto inicial y de enfrentarnos a tantas preguntas sin respuestas, movilizan en nosotros sentimientos, nada claros, contradictorios a veces, que nos llevan a cuestionar y replantearnos el sentido de la vida.

Atravesamos entonces una crisis existencial, donde necesitamos revisar   las creencias con las que hemos vivido hasta ese momento.

Tendremos que realizar cambios, que son intentos de responder a esa enorme pregunta que el destino nos plantea cuando muere un hijo.

Esas respuestas, aunque no podamos explicarlas de una manera académica,  entrañan una filosofía de vida. Expresan nuestra probable actitud frente a los acontecimientos venideros.

Las respuestas no aparecen al día siguiente del desconcierto, afloran a lo largo de un proceso, que es el proceso del duelo.

Algunas respuestas pueden enfermarnos, son aquellas que permanecen ligadas al apego y a la egolatría.

Las que sí ayudan a crecer, están relacionadas básicamente con dos decisiones:

1) entender y practicar el egocidio, que nos permitirá trascender el dolor, salir de nosotros mismos y llegar a los demás.

2) comprender la necesidad del desapego, que no es olvido ni es negación.

Quizá ampliar el concepto de “desapego” sería hablar del “desapego del alma”, como la capacidad de desligarse de los imperativos egoístas de la mera existencia física, y escuchar a nuestra parte espiritual, que también tiene demandas, y que cuando cumplimos con ellas, nos embarga un sentimiento de bienestar con nosotros mismos.

Esto último está ligado a una convicción que la logoterapia explica cuando habla del “ansia de significación”.