Es
éste mi tercer libro sobre el mismo tema: “la relación de pareja” .
Cuando el primero fue editado y más tarde cuando concluí el segundo, tuve la misma sensación, la de haber dicho sobre ésta cuestión todo cuanto era capaz de decir. Como profesional y como hombre, naturalmente necesitado de amor.
Sin
embargo – ya ven – hoy surge un tercero.
Es
que mi pareja, mis amigos y sobre todo mis pacientes, me siguen dando indicios
de qué en tan intricado tema no todo está dicho.
Son ellos con sus reflexiones, con sus maneras de ver y sentir, los que me enseñan - o me asombran -, aportando cada uno su hebra de personalísimo color al inmenso tapiz que configura una relación amorosa.
A
mi juicio mucho de lo que he escuchado merece ser escrito y he intentado hacerlo,
a mi modo, en éste nuevo libro.
Prólogo
Al
autor de este libro le tocó acompañarme en uno de los tramos psicoterapéuticos
de mi vida. Por lo tanto, es para mí un ex – terapeuta, que para colmo
escribe sobre la pareja, con lo cual lo de “ex” podría despertarme incómodas
asociaciones. Pero se trata de Carlos J. Bianchi, una de cuyas virtudes es
ayudar a descomplejizar lo que parece insoluble, y a hacernos sentir cómodos
con lo que pensamos, sentimos y experimentamos. Muchas personas darán fe de
ello, y muchas más tienen, con este libro, la oportunidad de comprobarlo: sus
cuentos y reflexiones nos acompañan con la misma calidez que él despliega en
su consultorio.
Los
relatos recogidos en estas páginas son el producto de su larga experiencia
profesional, pero sobre todo, de su profunda comprensión del alma humana. En
este caso, del alma de la pareja, con sus anhelos y sus frustraciones, sus sueños
y sus desencantos, su capacidad de avanzar... y también de tropezar.
Esas
infinitas tramas que tejen los vínculos amorosos son las que aquí adquieren un
recorte particular, en historias que conjugan vivencias e imaginación,
sustancia real y ficción.
La
tragicomedia humana alcanza de ese modo una encarnadura en la que resulta difícil
no verse reflejado.
Cada
relato es un lúcido mordisco a las jugosas relaciones de pareja, que tanto
puede estar narrado con espíritu zumbón como con ternura o melancolía. Y
entre uno y otro, “instantáneas” que ayudan a re - pensar los vínculos
que tenemos, tuvimos, o ansiamos lograr.
Carlos
J. Bianchi comparte con el lector una mirada que amplía el horizonte, porque
está más cerca del interrogante que del “caso cerrado”. En ese sentido, la
lectura del libro se convierte en una saludable aventura de autoconocimiento,
sobre un tema acerca del cual – y afortunadamente – nunca estará todo
dicho.
Norma Osnajanski
Tomás
era oficial de justicia y trabajaba en los Tribunales.
Era
alto y algo desgarbado. Su abundante cabello había comenzado a platearse sobre
las sienes y los rasgos de su cara eran marcados y varoniles. Las manos
nervudas, de largos dedos seducían por lo expresivo de sus movimientos y su
mirar, apacible y profundo, inspiraba confianza.
Podía, si se sentía a gusto, ser entretenido y cordial, por lo que, en general, no le faltaban amigas. Pero a pesar de ello no había podido, todavía, armar una vida en pareja. También sabía, a sus cuarenta y ocho años, que no podía prescindir de los encantos femeninos ni de la búsqueda de un amor que apuntara a ser definitivo.
Todos
los fines de semana salía con alguna de sus amigas. Iban al cine o a cenar a
algún lugar que no fuera caro, pero lo que más le importaba era lo que venía
después: invitarla a su departamento donde, entre copas y caricias, terminaban
en la cama. A veces la amiga de turno prefería quedarse a dormir, pero esto no
era para Tomás imprescindible, y aunque lo aceptaba, más bien era un fastidio
que toleraba para no perder la relación, o para disimular lo escaso de su interés
en continuar con ella más allá de lo vivido.
La
reiteración de tantos fines de semana en los que no aparecía el verdadero
amor, hicieron decrecer sus esperanzas y tornaron
su vida monótona y solitaria.
*
Esa
noche, como todas, entre las ocho y las ocho y media Tomás regresó a su
departamento. Sabía que nadie lo esperaba.
Sin quitarse el saco se sentó en el sillón, frente al televisor. Lo encendió y buscó algo que le interesara. Fue cambiando canales y sorteando la publicidad. Se quedó observando las piruetas de unos monos que convivían en una reserva animal, hasta que los borró el anuncio de un alimento balanceado. En otro canal, un político explicaba como se podría arreglar el país y buena parte del mundo. Apagó la imagen.
Luego
miró la hora, se levantó, colgó el saco en una silla y se acercó a la
heladera.
Como de costumbre, no había gran cosa en ella, pero algo podría preparar para la cena. Mientras se servía un pedazo de queso y un poco de fiambre, observó que la luz del contestador telefónico titilaba, avisando que había una llamada.
Siguió
con lo suyo. Puso la mesa, abrió la botella de vino que estaba por la mitad y
se sirvió una copa. Mientras la saboreaba, se acercó al aparato para escuchar
el mensaje.
*
“Tomás,
Tomasito, querido, ¿estás ahí? Soy yo, la tía Clara, ¡Tomasito, que mala
noticia tengo que darte! Esta mañana falleció el tío Andrés. ¿Te acordás,
no es cierto? ¡Cómo te quería el tío! ¡Cómo jugaba con vos cuando eras
chico! Escuchame, Tomás, lo velamos en – y le daba la dirección – y mañana
a las diez lo llevamos al cementerio de Olivos. Te espero, querido. ¡Estoy tan
triste y somos tan pocos de familia! Vení en cuanto puedas...”
Detuvo
el contestador y estirándose en una poltrona se quedó pensando y recordando.
Su
madre había muerto hacía dieciocho años. La tía Clara y el tío Andrés eran
los únicos hermanos de ella. Su padre había fallecido cuando Tomás era un
adolescente, y de la escasa familia por parte de él – vivían en Misiones –
no había tenido nunca más contactos ni noticias.
Después
de la muerte de la madre se había ido distanciando de los tíos en cuestión.
No porque mediara algún enojo, sino porque sentía que era muy poco, casi nada,
lo que podía compartir con ellos. Como además se mudó a Villa Ballester, le
resultaba incómodo y distante visitarlos.
La
relación con ellos se limitaba entonces a algún esporádico llamado telefónico.
Más que nada era la tía Clara quien los hacía e invariablemente, luego de
interesarse por su salud, le reiteraba la misma pregunta con tono de preocupación
o de reto: “ Tomasito, ¿cuándo te vas a casar? ¡Mirá que ya sos grande y
es feo quedarse solo cuando pasan los años!”
Al
tío Andrés, a quien no veía desde hacía más o menos quince años, lo
recordaba vagamente. Sí se acordaba que solía conducir un mateo, con el que se
ganaba la vida paseando enamorados o turistas por los bosques de Palermo.
No
dudaba - si lo decía la tía Clara - que el tío hubiera jugado con él en su
lejana niñez, pero nunca sintió que esa relación dejara alguna huella de
nostalgia.
No
sabía que Andrés estuviera enfermo. Con franqueza, no sabía siquiera que
estuviera vivo. De todos modos sintió pena, sobre todo por la tía, que
se quedaría muy sola seguramente.
Después
de dudarlo, decidió ir al velatorio. Pensó que era viernes, y las horas de sueño
que perdiera podría recuperarlas al día siguiente.
La
noche sería larga, así que no se apuró. Cenó parsimoniosamente mientras
ojeaba los titulares del diario. Lavó los pocos cacharros que había usado y se
preparó un café.
Acomodó
los almohadones del diván, que siempre dejaba ordenados como para recibir
alguna visita, femenina desde luego. Se lavó y se cambió la camisa, ajada por
el uso de todo el día, se afeitó ligeramente y luego, con satisfacción
permaneció un momento mirándose en el espejo. Se vio bien. Tomó el frasco de
perfume, pero se le ocurrió que quizá no debiera ir perfumado a un
velatorio. Después pensó que eran pamplinas, ¿qué sabía él de velatorios
después de todo, si desde la muerte de su madre no había concurrido a ningún
otro?, y se perfumó, aunque con discreción.
Le
puso agua a las plantas, se fijó si las ventanas y la llave de paso del gas
estaban cerradas, anotó la dirección del velatorio, se puso el saco, apagó la
luz y salió del departamento.
Fue
a la cochera a buscar su viejo y fiel Peugeot, esperó que el motor se
calentara y partió.
*
Un
rato después estacionaba sobre la avenida Maipú, cerca del velatorio. Se demoró
un instante todavía, sentado en el coche. Luego tomó impulso y bajó. La
indecisión lo llevó primero a la cafetería que estaba en la esquina, pidió
algo, sin saber para qué, miró la hora, y finalmente se decidió, pagó el café
y se dirigió al velatorio.
Al
entrar, observó que habría cinco o seis personas a lo sumo. Salvo la tía, los
demás eran desconocidos. La escasa concurrencia lo hizo sentir vulnerable a las
miradas, aumentando su sensación de incomodidad.
En
cuanto lo vio, la tía Clara se levantó con dificultad y fue a su encuentro. Lo
abrazó sollozando, luego lo tomó del brazo y lo llevó lentamente hacia la
sala mortuoria. Tomás sentía que se descomponía, hubiera querido irse, no
estar allí. Pero resignado, se dejó llevar. A la vera del cajón la tía
alababa las virtudes del muerto y, entre suspiros y sollozos, intentaba una
especie de biografía póstuma del tío Andrés. Tomás estaba aterrado y apenas
la escuchaba. Cuando miró, casi sin querer mirar, y sólo por la insistencia de
Clara, se encontró con los tristes despojos de un desconocido. Después quiso
mirar a otra parte y paseó su vista por el crucifijo y las dos únicas y
modestas palmas que había en la sala. Una de la tía, la otra de un centro de
jubilados.
Se
alejó del lugar llevándose consigo a Clara y se dejó caer en un sillón.
Aceptó una ginebra, en parte porque a estas alturas la necesitaba, y en parte
para terminar con la insistencia de una mujer - encargada de la cocina, por lo
visto – que ya por cuarta vez le había ofrecido algo.
Miró
la hora. La una de la mañana. Cerró los ojos, que era una manera de no estar
allí y también de evitar que le hablaran. Finalmente, se quedó dormido.
*
A
eso de las cuatro, la tía lo despertó. Quería presentarle a Mónica, que
acababa de llegar. Tomás abrió los ojos y vio lo único hermoso desde que
saliera de su casa. Si él hubiera tenido que describirla con su lenguaje
habitual, seguramente habría dicho para sus adentros que se trataba de
una hembra descomunal.
-Tomasito, ¿te acordás de Mónica? Es la hija de Antonia, mi prima política. Vos estabas en el secundario, tendrías trece años y ella era una beba amorosa. ¿Te acordás que en casa la tenías en brazos y hasta a veces le cambiabas los pañales? Después que falleció tu mamá, dejaron de verse. Claro, vos venías menos a visitarme y Mónica había empezado ya la escuela primaria.-
Tomás
se ruborizó. Lo avergonzaba el relato de la tía y también sus propias fantasías,
ya que pensó que con gusto la seguiría cambiando a Mónica actualmente.
Ella,
también sonrojada, miraba al suelo.
-Mónica
es abogada ¿sabés?. Raro que no se hallan cruzado en los Tribunales. Bueno,
los dejo conversar, así no se les hace tan larga la noche.
Tomás
pensó que, efectivamente, nunca se habían cruzado por los pasillos de
Tribunales, ya que no se hubiera olvidado de una mujer así. Por el relato de la
tía, calculó que Mónica tendría alrededor de treinta y cinco años.
Ella
se sentó, decidida, al lado de él. Al principio estuvieron en silencio, pero
luego, tímidamente y en voz baja, comenzaron a hablar. Fueron pasando las horas
y la charla se hizo cada vez más animada, aunque ambos se cuidaron de guardar
el debido recato, dadas las circunstancias.
Tomás
habló de su trabajo y de su solitaria soltería. También de sus siempre
postergados deseos de una vida en pareja. Ella, por su parte, habló de su
profesión, tema que Tomás conocía. Luego agregó que vivía sola, que había
tenido un par de historias sentimentales, pero que no pudo llegar a enamorarse
como para concretar una relación estable.
A
veces debían interrumpir la charla, solidarios con el llanto de alguien que
recién llegaba.
Luego
de uno de esos silencios en el que Mónica parecía enfrascada en sus recuerdos,
mirando a los ojos a Tomás, dijo: “ no he podido enamorarme, como te decía,
al menos de la manera en que estuve enamorada de vos, cuando yo era una nena y
vos un muchacho”. Después agregó: “ en aquella época, fuiste mi príncipe
azul, Tomás”.
Demasiadas
emociones para una sola noche. Tomás estaba abrumado, pero feliz. Ya se sentía
enamorado, noviando, viviendo con ella, haciendo el amor...
Respondió
de manera entrecortada: “bueno, claro, en aquella época era imposible,
pero...”
Mónica le completó la frase: “ibas a decir pero ahora no, ¿no es cierto?”
El
asintió con la cabeza. “Y, nunca se sabe Tomás, nunca se sabe” agregó
ella, con una sonrisa cómplice.
Entre silencios y confidencias llegaron las diez de la mañana, y con ello, los últimos pasos de la triste ceremonia.
Tomás,
pese al cansancio, se sentía distinto, lleno de vida, y hasta pudo acompañar
nuevamente a la tía Clara a la sala mortuoria, para que despidiera a su hermano
con un último sollozo.
*
Partió
el cortejo. En el único coche de acompañamiento iban la tía Clara y tres señoras
más. Tomás y Mónica se ubicaron detrás de ellas en el Peugeot. Dos señoras
de cierta edad, vecinas de la tía probablemente, pidieron permiso y subieron al
coche de Tomás.
Mónica,
en el asiento del acompañante y cruzada de piernas, dejaba al descubierto la
mitad de sus generosos muslos.
Tomás
sentía que un fervor le recorría el cuerpo y temió que su excitación se
notase. Mientras tanto, una de las señoras, en el asiento de atrás, decía:
“gracias a la amabilidad de esta pareja yo puedo acompañar al finadito hasta
el cementerio” , mientras les agradecía a los dos.
Ambos
sonrieron y, sin darse vuelta, aceptaron el cumplido, restándole importancia.
Hicieron
en silencio el lento recorrido, sólo interrumpido por alguna musitada sentencia
de las vecinas: “no somos nada”, “Dios se acordó de él”, o la más patética
“dejó de sufrir, el pobrecito”.
Ya
en el cementerio, lo de siempre: un breve responso, recitado sin emoción por el
cura, y luego la escasa comitiva acompañando el féretro al lugar ya
asignado.
A
la salida,. Tomás se despidió con un beso y un prolongado abrazo de la tía,
prometiéndole visitarla. Mónica también abrazó y besó a Clara,
que desde al coche, los saludó cariñosamente con la mano, mientras le decía a
ella: “que Dios te conserve siempre tan hermosa”.
*
Finalmente
quedaron solos en la puerta del cementerio. Se hicieron a un lado para dar paso
a una nueva y doliente comitiva. Caminaban lentamente hacia el Peugeot, cuando
Tomás, deteniéndose, le dijo: “Si no estás muy cansada, te invito a
almorzar”. Ella hizo silencio antes de responderle con una sonrisa
complaciente: “estaba deseando que me invitaras”.
La
mañana era radiante y soleada sobre el río. Eligieron una parrilla poco
concurrida en la costa de Vicente López. El la tomó del brazo al entrar y ella
lo aceptó complacida. Ya ubicados en una mesa junto a un ventanal, conversaron
animadamente mirándose a los ojos. Sus manos tropezaron al querer tomar el
mismo grisín y optaron por partirlo. Se sonrieron, mientras el mozo descorchaba
una botella de buen vino reserva.. Hablaron del destino, de las casualidades, de
la soledad...
Finalizando
el almuerzo, el mozo les ofreció café o una copa de champaña. Prefirieron lo
segundo y brindaron por ellos.
Se
fueron tomados de la mano...
*
Mientras
tanto, el tío Andrés seguía en lo suyo. Rejuvenecido y con sus cabellos al
viento conducía el viejo mateo, tirado por “Chiche”, el fiel compañero,
que había vuelto a sus mejores bríos.
Iban
envueltos en una música celestial, y estaban llegando al cielo.
***
¿Hay
un lugar para cada cosa? ¿O a veces aparecen las cosas en los lugares más
impensados? Como cuando en casa buscamos los anteojos, el encendedor o el hilo y
la aguja, y los encontramos en sitios insólitos.
¿Hay
un lugar donde se pueda encontrar el amor o al menos la más efímera pasión?
Desde
luego no pretende sugerir este cuento, que quienes estén solos deban en su afán,
salir a recorrer velatorios.
Sobre
todo, porque creo que no hay “un” lugar.
Lo
que sí creo que existe es una disposición para encontrar, que es algo
distinto.
Más
allá de los avatares del azar, de los designios del destino, nuestra disposición
a querer encontrar, nos hace libres. Al menos un poco. Digamos... modestamente
libres.