Romilda
Ella deslumbra, paraliza, seduce, excita, conturba, idiotiza, enamora,
exaspera y atrapa. Toda ella como totalidad o separadamente por cada una de sus
partes. Si es usted amante de una voz cálida y envolvente, o de manos
cinceladas, o de pies esculpidos, o de pechos turgentes, o de nalgas erguidas, o
de piernas torneadas, o de rasgos delicados, o de labios carnosos, o de ojos
profundos y serenos, o de perfiles dibujados, o de cuellos garbosos, o cinturas
pequeñas, o cabelleras que se mecen al viento, o de la armonía de un paso
sutil, ahí está Romilda.
No está enamorada. Ya sea porque el amor no la visitó todavía, o
porque no ha querido ofrecerse por partes. Espera a quien pueda quererla íntegramente.
No se quede ahí parado. Romilda existe, búsquela.
Pero si la encuentra y es usted adicto, especialmente adicto, a una de
sus partes, por favor y hablando metafóricamente, no la descuartice. Ámela
plenamente, como ella merece ser amada. O déjela, no faltarán interesados.
Romildas hay pocas.