Una separación transitoria

 

Cuando una pareja desgastada por sus constantes desencuentros, decide de común acuerdo, intentar el  siempre doloroso experimento de una separación temporaria, se abre ante ellos una serie de posibilidades que suelen resultar esclarecedoras.

Claro que esclarecer no siempre es, sobre todo en estos casos, sinónimo de un final feliz. Sólo habla de un acercamiento a la realidad de los hechos y de un darse cuenta de los sentimientos con que estos hechos son vividos.

 Al tomar distancias entre sí cada uno se enfrentará a sus propias y solitarias reflexiones. Es indudable que al alejarnos de aquellos  que amamos, o creemos amar, emergen en nosotros sentires que pueden quitarnos de la confusión en la que vivíamos hasta ese entonces. Las vivencias que afloran en soledad son básicamente: la nostalgia y el sufrimiento que provoca la ausencia de quien queremos, o la sensación de libertad con que pueden ser vividos estos alejamientos.

Si extrañamos, ya tenemos en claro a quién o qué extrañamos. Si la sensación es de haber recuperado una lejana y , hoy caemos en la cuenta añorada libertad, el experimento no pudo ser - para decirlo de una vez - más útil de lo que podíamos esperar.

Claro que no estamos hablando de una resolución a un acertijo matemático sino de un intento que moviliza  profundamente nuestros sentimientos. La culpa, la tristeza, la sensación de pérdida y el consiguiente duelo pueden ser el indeseable acompañamiento a nuestro acordado ensayo. Sin hablar de lo contrario, es decir de las sensaciones de bienestar o al menos de alivio, que esas no duelen.

Luego de algún tiempo, reencontrarse en una charla si es honesta, los enfrentará a lo que para ellos significó la solitaria experiencia.

Puede ser que ambos coincidan en darse cuenta que el temporario distanciamiento, los alivió de una convivencia sofocante, y que en soledad pudieron encontrar nuevos aires para sus, hasta ahora, tediosas vidas. Con lo cual, sin enojos ni resentimientos, y aun a sabiendas del profundo cariño que se dispensen a nivel humano, conservando quizá una futura y amistosa relación, admitan que la separación es para ambos la mejor - aunque no la más fácil - de las decisiones.

Otra alternativa es que ambos reconozcan haberse extrañado, y haber sentido a la separación como una inútil penitencia. Que a partir de esta vivencia entonces, decidan reiniciar la interrumpida relación, coincidiendo en minimizar sus diferencias ante la dolorosa sensación de pérdida experimentada en su transitorio alejamiento.

 

Hasta aquí estamos hablando de sentimientos coincidentes, que permiten arribar a epílogos reconocidos por ambos como necesarios y convenientes, ( incluyendo, desde luego, la separación definitiva. ). Pero es evidente que las cosas no ocurren siempre de manera tan armónica.

Ya que en otros casos, a través del transitorio alejamiento, ambos experimentan vivencias dispares. Para uno de ellos, la separación definitiva es el camino a seguir, mientras el otro se inclina por la reconciliación.

En estos casos suele ser útil la participación de un tercero confiable, que ayude a quien intenta la reconciliación, a reconocer la inutilidad de la misma, ya que para formar una pareja se necesitan dos voluntades coincidentes.

Admitir entonces que es tan inútil el camino de la amenaza como el de la súplica, y qué quién se avenga a quedarse a nuestro lado sin el claro deseo de hacerlo, sólo podrá proporcionarnos, aún a su pesar, inútiles sufrimientos.

En cuanto al otro, él se basta a sí mismo con sus renovados aires. A lo sumo deberá resolver la incomodidad que podrá crearle alguna cuota de culpa, emanada de su decisión...si es que la hubiera.

La existencia de hijos, en estos casos, son un factor preponderante y muchas veces definitorio en la toma de estas difíciles decisiones, y la incidencia de los mismos se describe en el capítulo: “Los hijos de padres separados”.