Los códigos sexuales no verbales

El lenguaje hablado sirve para comunicarnos. Nadie lo duda. Pero la palabra también se usa para ocultar, mentir o enmascarar nuestras intenciones. Existe otra manera de decir, es a través del lenguaje corporal, de nuestros gestos y actitudes, y este lenguaje no sabe mentir.

El hombre, quizá por la comodidad que le otorga el uso de la palabra, olvida y desatiende con frecuencia la lectura de lo corporal...

Al conformarse una pareja, su primera relación sexual se da cuando las ganas de ambos coinciden, y cuando los mandatos internos de cada uno de ellos le permiten asumir su necesidad y disfrutar del encuentro.

El tiempo que transcurre para que ello suceda es, desde luego, variable y singular,  suele ir desde unas pocas horas, para los más entusiastas,  a largos y pacientes meses para los más reflexivos.

Es imprescindible, mientras tanto, que ambos intercambien señales que expresen sus recíprocos deseos, y por lo general estas señales no son mayoritariamente verbales, ya que no se decide una relación sexual hablándolo, como sí se decide en cambio una negociación de cualquier otra índole, y el querer pactar una relación sexual verbalmente aleja el requerido apasionamiento.

Ocurre que a veces el pudor, la intención de que el deseo no aparezca como un mero requerimiento instintivo ( o animal ), la necesidad de un argumento que justifique esa relación sexual o que incluya el encuentro dentro de un proyecto a futuro, el pretender complementar lo sexual con una cuota de necesaria poesía, hacen que las palabras adecuadas no aparezcan y sean sustituidas entonces por una suerte de código sexual no verbal, plagado de indicios y señales.

Cuando estas señales responden a un deseo real y no a una mera estrategia, son claras, inequívocas y contundentes.

Resultan de fácil lectura para quien las recibe, nadie puede equivocarse al respecto a menos que exista algún deterioro senso-perceptivo o la firme intención de no querer enterarse.

Estas señales tienen que ver con un gesto, una manera de mirar, unos labios entreabiertos, un escote insinuante, un perfume, la elección de un determinado lugar propicio para el encuentro, la necesidad de prolongar dicho encuentro, la dificultad para separarse, la manera de besar y de ofrecer el cuerpo, un sutil roce de la piel, el ingenio para quedar a solas en las reuniones sociales, el delicado e intencionado regalo, el hablar al oído, el recordar la estrofa de un poema, el elegir el rojo intenso en la flor que se obsequia... la lista es larga y variable seguramente, de acuerdo al lugar geográfico y al entorno socio-cultural en que ocurran estas habituales atracciones.

Pero cualquiera sea la circunstancia, al hablar de códigos sexuales no verbales, podemos confirmar la veracidad de aquella frase que dice: “en una conversación, lo que menos importa son las palabras”

Así es en general, ya qué, cuando en una respuesta la palabra y el gesto se contradicen, nos quedamos con la palabra, sólo si queremos persistir en el engaño, pero nos quedamos con el gesto si es que buscamos la verdad.

Es el ser humano una compleja estructura bio-psico-espiritual, y como tal, complejos y sutiles son sus vínculos. El hombre ha superado con creces a las demás escalas zoológicas, pero ha creado una férrea organización social, cultural y religiosa, que constriñe su base instintiva. Que le hace imprescindible el uso del lenguaje hablado para manifestar sus emociones. Que desecha y desatiende a lo largo de su evolución, la importancia del lenguaje corporal y gestual, quizá lo más simple elemental y verdadero de que disponemos para poder expresar nuestros sentimientos.

En las escalas zoológicas inferiores también existen los códigos sexuales, desde luego no verbales, mucho menos complejos ya que están signados por un determinismo biológico que apunta a la procreación, al mantenimiento de la especie y a la concreción de algún tipo de estructura familiar dentro de sus comunidades.

Resulta interesante y hasta tierno a veces observar los juegos previos al apareamiento y la seducción que machos y hembras despliegan en sus distintos rituales de acercamiento. No existen variaciones ni evolución en sus hábitos. Será por ello que han podido preservar todo su lenguaje corporal, y expresan de manera simple, comprensible y - agregaría - sincera, sus variadas necesidades instintivas.

El hombre, acuciado por su necesidad sexual, no puede recurrir a la excusa del determinismo biológico, rara vez la necesidad de un primer encuentro, apunta a la procreación y al mantenimiento de la especie, por lo que necesita justificar su pasión de algún modo, suavizar - u ocultar - su base instintiva, y quizá allí, empiecen los malentendidos.

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